Corrió mi lista de espera y le tocó a
La casa dalle finestre che ridono (1976), de Pupi Avati. A medio camino entre el folk horror y el suspense, Pupi Avati construye un film cuya mayor fortaleza está en la atmósfera: humedad, penumbra, susurros de pueblo; un clima donde la normalidad se pudre lentamente. La locura atraviesa la narración como corriente subterránea, pero lo que vuelve singular al relato es el oficio del restaurador: un técnico de la imagen que, al limpiar un fresco, termina levantando el barniz de un secreto antiguo. Restaurar aquí significa develar; la técnica, sin proponérselo, se vuelve ritual profano. El pueblo funciona como espacio psicológico: sonríe con los labios y aprieta con la mirada, administra silencios y protege su fango. En su cerco social hay algo del suburbio hipócrita de
Blue Velvet: detrás de las cortinas, la comunidad fabrica monstruos y los llama tradición. Avati dosifica bien esa hostilidad difusa, el saludo que llega un segundo tarde, la puerta que no se abre, y en ese tejido de señales mínimas fija el desasosiego. Las reminiscencias hitchcockianas operan por rimas más que por cita: la doble vida, el secreto familiar y la figura del protector que deviene amenaza hacen pensar en Psycho sin necesidad de calcarla. También pesa la historia de amor cercenada, que no es adorno romántico sino cuchillo dramático: abre una vía de empatía para, luego, clausurarla con crueldad y devolvernos al núcleo de perversión comunitaria.
Es cierto: la película puede tornarse predecible en algunos mecanismos de giro, ciertas pistas anuncian con demasiada claridad lo que vendrá, y por momentos la puesta subraya más de la cuenta. Pero incluso cuando el misterio se adivina, la conducción del suspense (la espera, el fuera de campo, el rumor) sostiene el interés y habilita capas de lectura: el arte como coartada para el mal, la comunidad como máscara, la locura como lengua de lo indecible.
En definitiva, un relato atípico dentro del gótico rural italiano: menos estridencia y más pesadilla de baja intensidad, donde el pincel del restaurador no solo rescata colores, también reactiva la herida que el pueblo aprendió a ocultar. Cuando la imagen por fin emerge, comprendemos que lo que se veía borroso no era el fresco: éramos nosotros, mirando a través de la niebla del miedo compartido.

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