Carmen Martín Gaite, recita sus poemas

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Feve
 
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Carmen Martín Gaite, recita sus poemas

Mensaje por Feve » 27 Oct 2012 08:44

"Pertenezco a una época es la que se leía en voz alta mucho más que ahora –decía Martín Gaite-, y se tenía a gala hacerlo con claridad y sin atropello, cuidando el tono y las pausas. Un arte enseñado en las escuelas, como algo natural para la compresión y el deleite de la letra escrita."


Carmen Martín Gaite

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"Podría decirse que si alguna diferencia existe entre el discurso de los hombres y el de las mujeres, radica en su particular enfoque -no siempre perceptible a primera vista-; en una localización más precisa y concreta que nunca olvida sus propios límites, sus puntos cardinales."

“El testimonio de las mujeres es ver lo de fuera desde dentro. Si hay una característica que pueda diferenciar el discurso de la mujer, es ese encuadre.”

Bosquejo (auto)biográfico de Carmen Martín Gaite
Spoiler:
Texto sacado de Agua Pasada (Anagrama, Barcelona, 1993, p. 11-25)

Nací en Salamanca, el 8 de diciembre de 1925, a las doce de la mañana de un día frío y soleado. Esto de nacer a mediodía y con sol parece presagio de buena fortuna, según dicen los nigromantes; pero en mi caso, y sin ánimo de quitarle méritos al sol, creo que todo lo bueno que me ha pasado en este mundo (y lo que, siendo menos bueno, haya sabido aceptar o convertir en mejor) se debe al amor a la vida y la confianza que desde la infancia me inculcaron mis padres, ambos de una calidad humana excepcional. Aparte de su bondad natural y su inteligencia, poseían ambos un particular y acusado sentido del humor que conservaron hasta la vejez, gracias al cual cualquier conversación mantenida con ellos jamás era convencional o rutinaria, sino algo muy vivo y divertido.

Mi madre era gallega, de Orense, hija de un catedrático de geografía, Javier Gaite, y de su mujer Sofía Veloso, a ninguno de los cuales llegué a conocer. Mi madre había venido a parar a Salamanca porque sus dos hermanos varones estudiaban en aquella universidad. Uno de ellos, mi tío Vicente, que era médico, conoció en una tertulia de café al joven notario José Martín, viudo y sin hijos, y se lo presentó a su hermana María, mi madre. Las chicas casaderas salmantinas veían en este viudo reciente y de brillante carrera lo que entonces se llamaba un buen partido, pero ninguna logró sacarle de sus casillas más que aquella bella gallega de dulce mirada que no tenía el menor interés de «pescarlo». Se enamoraron y, tras un breve noviazgo, se casaron en Madrid —donde vivían mis abuelos paternos— el 19 de mayo de 1923. Se vinieron a vivir a Salamanca, donde él tenía su despacho, y al año siguiente, en febrero de 1924, nació la primera hija de este matrimonio, mi hermana Ana María, en una casa de la calle de la Rúa, porque entonces no era costumbre que las mujeres fueran a dar a luz en el hospital.

Poco después, cuando mi madre ya estaba embarazada de mí, se mudaron a la casa donde yo nací, en la plaza de los Bandos, número 3, que fue nuestra vivienda hasta que a mi padre lo trasladaron a Madrid en 1950. Con motivo de aquella mudanza de la calle de la Rúa a la plaza de los Bandos, a mi madre estuvo a punto de caérsele encima un pesado armario de luna, que fue ca¬paz de sujetar ella sola, desplegando una fuerza extraordinaria, únicamente en virtud del terror que le producía —según me contaba luego— la idea de que aquel accidente pudiera matarme a mí. Afortunadamente unos empleados de la notaría de mi padre acudieron a sus voces y nos salvaron a ambas de la catástrofe, razón por la cual miro siempre aquel armario como el emblema del primer peligro contra mi vida esquivado con buena estrella.

De la casa de la plaza de los Bandos, en cuyo piso de abajo tenía mi padre instaladas sus oficinas, y que recientemente han derribado, tengo un recuerdo tan claro que parece que aún la estoy viendo. La he descrito en mi cuento «La chica de abajo» y también en mi novela El cuarto de atrás, así como la placita provinciana y silenciosa a la cual daban los balcones de la parte delan¬tera y donde tanto jugué con los niños de la vecindad. Entonces había pocos coches en Salamanca y no resultaba nada peligroso jugar en la calle ni patinar, ni montar en bicicleta, lo cual contribuía a fomentar en los niños esa tendencia suya hacia la expansión y la libertad que hoy la vida en las grandes ciudades aborta y dificulta.

Al colegio no fui. Mi padre era poco amigo de la educación impartida por frailes y monjas, y en Salamanca (ciudad de costumbres rígidas y de muchos prejuicios) colegios no religiosos y de cierta calidad no había prácticamente ninguno. Mi hermana y yo en la primera infancia tuvimos varios profesores particulares de dibujo y de idiomas y de cultura general, pero fue sobre todo mi padre quien nos aficionó personalmente al arte, a la historia y la literatura.

Cuando terminaba su trabajo y subía a reunirse con nosotras, nos enseñaba muchos libros de estampas y de mapas que tenía en su biblioteca y era un placer para él contestar a todas nuestras preguntas, tarea en la que mi madre también metía baza, levantando la cabeza de las primorosas labores que siempre hacía y siguió haciendo hasta los últimos años de su vida, o del libro que estuviera leyendo. Aburridos nunca los recuerdo, le sacaban partido a todo lo que hacían y lo pasaban muy bien uno con otro, pero nunca nos excluyeron a nosotras de su intimidad, sino que nos hicieron parte importantísima de ella. La mayor parte de los asuntos los discutían en nuestra presencia y nos llevaban a todos sus viajes. Jamás sentí esa sensación de desamparo o desvío que tienen algunos niños cuando sus padres desaparecen sin más explicaciones y los dejan a ellos en manos de institutrices o criadas, y mucho menos esa segregación implícita en la fórmula tradicional de «los niños no preguntan esas cosas». Nuestras preguntas infantiles siempre se veían atendidas.

En verano íbamos puntualmente a veranear durante dos o tres meses al pueblo de San Lorenzo de Piñor, a cinco kilómetros de Orense. Es una aldea en la montaña, donde también mi madre había pasado los veranos de su infancia y donde mi abuelo Javier había mandado construir una casa muy bonita con jardín y huerta, junto al camino. No tenía luz eléctrica ni agua corriente, pero a nosotros nos encantaba estar allí. En ese mismo pueblo veraneaban también los hijos de mi tío Vicente. Las temporadas pasadas allí fueron definitivas para mi vinculación con Galicia, que siempre he considerado como mi segunda patria. Aprendí el dialecto de la región y muchas canciones populares, me volví indómita y poco melindrosa, trepé a los árboles y a las peñas, robé fruta, me monté en carros de heno de ruedas chirriantes y tirados por bueyes, me hice amiga de los niños de la aldea, asistí a procesiones y romerías, y —ya un poco mayor— allí aprendí a bailar, tuve mis primeros escarceos amorosos y escribí mis primeros ver¬sos. San Lorenzo de Piñor —donde no he vuelto hace muchos años, porque la casa luego se vendió— significa para mí la esencia misma de la juventud y de la libertad, allí están mis raíces y su paisaje abrupto y montaraz decora con frecuencia mis sueños. En este pueblo he situado algunas de mis narraciones como Las ata¬duras o Retahilas.

Mi padre, aunque no era gallego, también adoraba aquella tierra. Su padre era de un pueblo de Valladolid y su madre de Santander, pero él había vivido en Madrid desde los dos años y se consideraba madrileño. En Madrid, donde había pasado toda su juventud y había cursado la carrera de Leyes, asistió a muchas tertulias de escritores y artistas de principios de siglo y de ahí le venía su gran afición a la literatura, que cultivaba con bastante acierto. Versificaba con facilidad y, aparte de sus trabajos y conferencias de derecho, habla escrito varios cuentos para niños, que nos leía, pero que nunca publicó. Pero, sobre todo, escribía unas cartas graciosísimas, llenas de detalles, con una caligrafía preciosa, y era un narrador oral excepcional. A su padre, mi abuelo Gumersindo, que era representante de comercio, lo perdió cuando yo tenía cuatro años, así que casi no me acuerdo de él, y menos de mi abuela Dolores, una señora muy guapa, que había muerto siendo mi padre estudiante. Pero esta doña Dolores López tenía una hermana viuda, Carmen, que había vivido siempre con mis abuelos, la cual al quedarse viudo su cuñado Gumersindo, se casó en segundas nupcias con él, porque además era hermano de su primer marido. Estaban ya casados, pues, hacía mucho cuando yo nací, así que la recuerdo como a mi verdadera abuela y como a tal la traté siempre. Me pusieron su nombre porque fue mi madrina. Esta señora conservaba, además de muy buena planta y empaque, un piso hermoso en la calle Mayor, número 14, que es donde veníamos siempre a parar en nuestros fre¬cuentes viajes de Salamanca a Madrid. La impresión que estos viajes a Madrid producían a mi ánimo de niña provinciana y an¬siosa de más amplios horizontes, está en parte recogida en mi novela El cuarto de atrás.

Poco antes de empezar la guerra civil española, mis padres decidieron enviar a mi única hermana Ana María —que ya estaba en edad de empezar el bachillerato— a estudiar al Instituto Escuela de Madrid. Era una institución que heredaba, tanto en sus métodos como en su orientación general, el espíritu liberal de la famosa Institución Libre de Enseñanza, que tomó auge a partir del krausismo; la educación era mixta —niños y niñas juntos, cosa que en Salamanca parecía tener una connotación de pecado— y la enseñanza religiosa no era obligatoria sino optativa. (Mis padres no eran beatos, aunque iban a misa, y nosotras habíamos tomado la primera comunión, ya bastante mayores y sin traje blanco.) Mi hermana se vino, pues, a estudiar a Madrid y vivía con mi abuela y dos criadas mayores en aquel caserón de la calle Mayor. El proyecto era el de que, dos años más tarde, yo hubiera venido a estudiar también a ese centro, pero la guerra que estalló en verano del 36, poco después de las primeras vacaciones de mi hermana, destruyó esos planes y tantos otros.

Toda la guerra la pasamos en Salamanca, con bastante miedo, debido a las ideas liberales de mi padre y de todos sus amigos, muchos de los cuales —entre ellos don Miguel de Unamuno— sufrieron persecución o cárcel por parte del general Franco, que tenía en Salamanca su Cuartel General y reprimió —como es sabido— cualquier conato de liberalismo. A mi padre no lo llegaron a encarcelar porque no pertenecía a ningún partido político, pero siempre nos estaban aconsejando que no habláramos con nadie de sus opiniones antimilitaristas y la casa se había convertido en una especie de refugio, que reforzó nuestros lazos familiares. A un hermano de mi madre, Joaquín Gaite —discípulo y amigo de don Miguel de Unamuno—, lo fusilaron en agosto de 1936 por tener carnet del partido socialista. De mi tío Joaquín, profesor de geografía, y de la influencia que tuvo en mi infancia he hablado también en El cuarto de atrás.

Hice el bachillerato en el Instituto femenino de Salamanca, un caserón destartalado y frío, cuyo ambiente he descrito en mi novela Entre visillos. Allí iban niñas de las más distintas clases sociales, pero la mayoría de condición modesta, entre las que coseché mis primeras buenas amigas, sobre todo Sofía Bermejo, hija de dos maestros que estaban en la cárcel, y que me aficionó a escribir diario. También empecé con ella una novela e inventamos la isla de Bergai. (Todo esto lo he contado en El cuarto de atrás.) En el Instituto tuve tan buenos profesores, como don Rafael Lapesa y don Salvador Fernández Ramírez, ambos académicos en la actualidad y a quienes la guerra había pillado por casualidad en Salamanca. Creo que a estos dos excelentes profesores les debo mi definitiva vocación por la literatura y el esmero con que me entregaba a los ejercicios de redacción, por el placer de hallar su beneplácito. De todas maneras, tanto mi padre como mi madre también me fomentaban con decidido entusiasmo estas aficiones. Asimismo debo a mi paso por el Instituto de Salamanca la superación definitiva de una posible «conciencia de clase» y la tendencia a seleccionar mis amistades por afinidades ideológicas o sentimentales y nunca por consideraciones de tipo social.

En 1943, en plena postguerra, empecé la carrera de Filología Románica en la Universidad de Salamanca. Consistía en dos cursos de estudios comunes a todas las ramas de Filosofía y Letras y tres cursos de especialización. En primero de «comunes» estábamos matriculados cuatro chicos y siete chicas. Uno de estos chicos era Ignacio Aldecoa, que llegó a ser uno de los más importantes prosistas de postguerra, y otro el poeta Agustín García Calvo, actualmente catedrático de Lenguas Clásicas en la Universidad de Madrid y excelente poeta. De ambos, así como del ambiente de la Universidad salmantina en aquellos años de postguerra he hablado en mi artículo «Un aviso: ha muerto Ignacio», escrito a la muerte de Aldecoa en 1969.

En la universidad colaboré en la revista Trabajos y días, donde vieron la luz mis primeros poemas (algunos de ellos recogidos ahora en mi librito A rachas) e hice teatro universitario, bajo la dirección del profesor de literatura don César Real de la Riva. Representamos, por ejemplo, en cursos sucesivos, varios entremeses de Cervantes y una obra de Shakespeare, El mercader de Venecia. El teatro me apasionaba casi tanto como la literatura y la tentación de llegar a ser actriz profesional se me insinuó en varias ocasiones, pero el ambiente de aquellos años y mi condi¬ción de jovencita burguesa no eran demasiado propios para aquel sueño, que descarté sin pena porque, además, la literatura me tiraba más que nada. Leí muchas obras clásicas, tanto de teatro como de poesía y prosa, y devoré con especial fruición casi todas las novelas de la generación del 98 que mi padre tenía en su biblioteca. Y las de un escritor portugués poco conocido, pero que a mí me apasiona: Eca de Queiroz.

En verano de 1946 me dieron una beca para la Universidad portuguesa de Coimbra y viajé por primera vez al extranjero. Y además yo sola, cosa que me ilusionaba mucho, porque entonces no era costumbre que una chica viajara sin compañía. Portugal, tal vez por sus vinculaciones lingüísticas con Galicia, es un país que siempre me ha fascinado particularmente y me siento atraída por sus costumbres y su literatura. Estuve dos meses en Coimbra y conocí también Oporto y Lisboa. En ese período me nació el propósito de hacer la tesis doctoral sobre los cancioneros galaico-portugueses del siglo XIII y empecé a tomar notas para este trabajo.

En 1948 me licencié en Filología Románica y ese mismo año me dieron otra beca de estudios, esta vez para la Universidad de verano de Cannes. Fueron unas vacaciones inolvidables. Entré en contacto, durante aquellos cursos, con muchos autores franceses que no había leído, Sartre, Camus, Saint-Exupéry, Gide, Proust, etc., perfeccioné mucho mi francés y, sobre todo, conocí por primera vez, a mis veintidós años, el sabor auténtico de la li¬bertad. Asistí a bailes en boites, a batallas de flores, jugué a la ru¬leta. Me relacioné con estudiantes de otros países, exentos de prejuicios, me acosté a las tantas y decidí que no quería seguir vi¬viendo en Salamanca. Nunca se me había planteado de forma tan clara la idea de abandonar mi familia y mi ciudad.

Cuando regresé a Salamanca, les dije a mis padres que me quería ir a Madrid a trabajar y a preparar mi doctorado, que Salamanca se me había vuelto un ambiente demasiado conocido y li¬mitado, que me aburría.

De noviembre de 1948 a la primavera de 1949 viví sola en Madrid. Mi abuela había muerto hacía poco y algunos de los muebles de la calle Mayor se habían trasladado a un pisito pequeño que compró mi padre en Madrid, regentado por las dos criadas viejas de la abuela, Paula y Marcelina, que eran como de la familia. Con ellas estuve viviendo durante ese tiempo, pero salía y entraba cuando me daba la gana y traía muchos amigos a casa. Habla reencontrado en Madrid a mi antiguo compañero de estudios Ignacio Aldecoa, y él me puso en contacto con mucha gente que conocía y que empezó a ser mi grupo: Medardo Fraile, Al¬fonso Sastre, Jesús Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio y Jo¬sefina Rodríguez, entre otros. Ninguno, excepto Josefina, era muy buen estudiante ni soñaba con ser profesor, todos llevaban en la sangre el virus de la literatura y empezaban a colaborar en revistas madrileñas, La hora, La estafeta literaria, Clavileño, Alférez, El español y Alcalá. En contacto con este grupo de amigos, mis proyectos universitarios se fueron diluyendo y me relajé bastante en el trabajo de la tesis, que había comenzado sobre los cancioneros ga-laico-portugeses y que, poco a poco, me empezó a aburrir. A ello contribuyó también el hecho de que el viejo profesor a quien había elegido para que me la dirigiera, don Armando Cotarelo, era un hombre apático, que nunca me estimuló y al que sólo vi dos veces. Trabajaba sola, sin ganas y como perdida en la Biblioteca del Con¬sejo de Investigaciones Científicas. Empecé a escribir cuentos y artículos y a verlos publicados en alguna de las revistas mencionadas. Iba mucho al café, al teatro, a la taberna y de paseo con mis nuevos amigos, mucho menos universitarios que yo, mucho más bohemios, todos ellos buenos escritores. Conocí también a poetas, pintores, actrices y periodistas. Madrid me parecía una ciudad fas¬cinante. Habla decidido que quería vivir siempre allí.

Para ganar algo de dinero, trabajaba durante toda la semana haciendo fichas para un diccionario que estaba preparando la Real Academia Española. Me daban libros con palabras subrayadas y mi trabajo consistía en poner arriba de la ficha la palabra subrayada en mayúsculas y debajo una cita del contexto y la referencia al libro de donde procedía la frase. Me pagaban a 15 céntimos la ficha, pero como trabajaba muy deprisa, me podía defender. Con el primer dinero que cobré, me compré un vestido de terciopelo verde.

Por las mañanas iba a la Ciudad Universitaria porque estaba matriculada en unas asignaturas que eran necesarias para llevar a cabo el doctorado, pero no pude examinarme de ninguna porque a finales de curso, en mayo, cogí el tifus y me entraron unas fiebres altísimas. La penicilina no habla llegado todavía a España y el tifus era una enfermedad muy grave. Vino mi madre a cuidarme y, como no mejoraba, me trasladaron a Salamanca en una ambulancia, por consejo de mi tío Vicente, que era el médico de la familia. Estuve casi cuarenta días en la cama, a punto de morirme, y deliré muchísimo. Aquel verano, después de sanar, empecé a escribir un libro que se titulaba El libro de la fiebre, donde, en plan poético y surrealista, trataba de rescatar imágenes fugaces de mis delirios. Estaba muy entusiasmada y me parecía muy bonito, pero Rafael Sánchez Ferlosio, a quien se lo enseñé pocos meses después, cuando lo volví a ver en Madrid, me dijo que no valía nada, que resultaba vago y caótico, así que sólo llegué a publicar unos fragmentos en La hora, me parece.

Ese mismo verano de 1949, mi padre decidió pedir el traslado a Madrid. En otoño se levantó definitivamente la casa de la plaza de los Bandos, nos mudamos, y a principios de 1950 ya vivíamos toda la familia en Madrid, en un piso de la calle Alcalá, 35, donde vivieron mis padres hasta su muerte en 1978 y donde sigue viviendo mi hermana Ana María, que nunca se casó.

Durante esa primera etapa de mi vida en Madrid con la familia, daba clases en un colegio a niñas de bachillerato, de historia, gramática y literatura. Las niñas me querían bastante pero, como mis clases eran poco ortodoxas y además yo tenía un aspecto muy infantil, no me tenían respeto ninguno, armaban mucho alboroto en la clase y la directora me acabó echando. Entonces me puse a trabajar como escribiente en el despacho de mi padre por las mañanas. Tenía el despacho en el piso segundo de la calle Alcalá, 35, y la vivienda la teníamos en el cuarto. No era un trabajo que me gustara mucho, pero me daba algún dinero, en espera de tiempos mejores.

En enero de 1950 me hice novia de Rafael Sánchez Ferlosio, dos años más joven que yo y mal estudiante, pero excelente escritor. Me dedicó su primer libro, Industrias y andanzas de Al-fanhuí, y poco después se fue a cumplir el servicio militar a Te-tuán. Nos escribíamos mucho y yo era la primera vez en mi vida que estaba tan enamorada y tan influida por alguien. Había abandonado por completo mi proyecto de la tesis doctoral, así como el de hacer oposiciones para ganar una cátedra. Mi expe¬riencia con aquellas niñas del colegio de la calle Martínez Campos me había revelado que mis dotes para la enseñanza eran más bien escasas.

El 14 de octubre de 1953, me casé con Rafael Sánchez Ferlo-sio, que había terminado su servicio militar, pero no la carrera. Acababa de fundar con Sastre y Aldecoa la Revista española, que económicamente fue un desastre pero que ahora es muy buscada por los estudiosos porque allí colaboramos todos los prosistas de la llamada «generación de los años cincuenta». Los consejos de Rafael y de Aldecoa me habían servido para abandonar el tono lírico de mis primeras composiciones y para ser más rigurosa y exigente en mi prosa. Mi cuento La chica de abajo, que les había gustado mucho, es seguramente mi primera narración estimable y en ella ya están muchos de los elementos y temas que poste¬riormente elaboré mejor. Rafael y yo (a pesar de que él había conseguido un trabajo modesto como secretario de un ingeniero) pensábamos vivir de nuestras colaboraciones literarias.

Después de casarnos, pasamos unos meses en Roma, en casa de los abuelos maternos de Rafael, en la Piazza de Santa Maria sopra Minerva, donde él había nacido. Luego volvimos en otras muchas ocasiones a aquella casa. Los abuelos de Rafael eran una gente encantadora y me encariñé mucho con ellos; la abuela Ida me enseñó a cocinar, que yo no sabía, y se pasaba las horas muertas hablando conmigo. Viajamos también a Nápoles, Florencia y Venecia. Italia se me metió muy dentro y además me puso en contacto con la literatura contemporánea del país, que me influyó mucho, sobre todo Pavese y Svevo. También estuvimos en París.

Desde que me casé vivo en Madrid, en un séptimo piso de la calle Doctor Esquerdo, que mi padre nos regaló, y que tiene una gran terraza. (Lo he descrito con todo detalle en mi novela El cuarto de atrás, durante la conversación con el hombre vestido de negro que me visitó una noche.)

Nunca tuvimos criada, nos repartíamos las tareas domésticas y trabajábamos con total independencia uno de otro. La misma independencia que manteníamos en todo, sin interferir nunca en las amistades ni en las manías del otro, y recibiendo continuamente a los buenos amigos. Él escribía sobre todo de noche, y yo también me volví bastante nocturna y muy poco esclava de los horarios. A ninguno nos gustaba el lujo superfluo de las comidas de ceremonia, lo que más nos unía era el gusto por hablar y el sentido del humor, aunque él es más crítico que yo, más inadaptado y menos sociable.

En primavera de 1954 obtuve el premio Café Gijón por mi novela corta El balneario. Tanto esta novela como todas las que escribí posteriormente no las leyó Rafael hasta que ya estaban terminadas. No quería dejarme influir por sus críticas, que mu¬chas veces me desanimaban. Prefería que me las hiciese cuando el libro estaba ya en prensa.

En octubre de ese mismo año 1954, nació nuestro primer hijo, Miguel, que murió de meningitis en mayo del año si¬guiente, cuando Rafael acababa de escribir El Jarama. Ésta fue la primera vez que yo sentí en mi vida cómo el suelo le puede fallar a uno repentinamente debajo de los pies, cuando menos se espera, y comprendí visceralmente algo de lo que siempre había tenido una noción más bien abstracta: la esencia precaria, amenazada y efímera de la felicidad. La muerte de mi primer hijo me enseñó a no volver a conceder nunca importan¬cia a los disgustos menores, fue el primer paso hacia la madurez, y deseé tener otro hijo como nunca había deseado nada en este mundo.

El 22 de mayo de 1956 nació mi hija Marta. No he tenido más hijos.

En 1957 terminé mi primera novela larga, Entre visillos, y la envié al premio Nadal, sin que nadie lo supiera, con el pseu¬dónimo de Sofía Veloso (el nombre de mi abuela materna). Rafael había ganado ese mismo premio dos años antes con El Jarama y no quería que el hecho de ser yo su mujer influyera ni en pro ni en contra en el ánimo del jurado. Gané el premio Nadal el 6 de enero de 1958. Me enteré de la noticia por la radio, estando sola en casa con mi hija dormida en su cuna.

Como no se trata aquí de repetir la bibliografía de mi obra, que el lector podrá encontrar exhaustivamente ofrecida en la tesis de Joan Lipman Brown, me limitaré a decir que el premio Nadal contribuyó a facilitarme la publicación de mis obras, ya que era el más importante que por entonces se concedía en España, y me reafirmó en mi propósito de seguir escribiendo siempre. Aparte de eso, suponía un notable respiro económico, porque la novela se vendió muy bien.

En los años siguientes simultaneé mis tareas domésticas, maternales y literarias, con un nuevo rebrote de afición al estudio. Empecé a estudiar sobre todo historia de España del siglo XVIII, período en el que tenía grandes lagunas de ignorancia. Solía ir a estudiar a la biblioteca Ateneo de Madrid, que cierra a la una de la madrugada. Casi siempre iba a partir de las ocho, después de acostar a mi hija, y muchas veces, cuando sonaba el timbre para avisar el cierre del Ateneo, era yo el único lector nocturno de la sala. De esta vocación tardía de autodidacta nació mi interés por un personaje muy contradictorio, perseguido por la Inquisición, don Melchor de Macanaz, sobre el cual nadie había hecho un es¬tudio serio. Por seguirle la pista abandoné mis estudios literarios, me metí en archivos, hice viajes a Simancas y a París, y al cabo de siete años de tenaz pesquisa, había reunido los suficientes datos para una biografía que apareció en 1970. De paso, revolviendo aquellos papeles de archivo, se me había despertado simultáneamente la curiosidad por los usos amorosos del siglo XVIII, y al abandonar al viejo Macanaz, seguí investigando sobre este tema. Estas investigaciones desembocaron en un segundo trabajo, «Usos amorosos del siglo XVIII en España», que, antes de publicarlo, pensé que podría servirme como tesis doctoral y para rematar así, aunque tardíamente, aquella carrera universitaria iniciada brillantemente en Salamanca y que había quedado trun¬cada con mi venida a Madrid. No pensaba dedicarme a la enseñanza universitaria, pero siempre me ha gustado terminar las co¬sas que empiezo, así que en 1972, ya peinando canas, leí mi tesis doctoral en la Universidad de Madrid. En el Tribunal estaban mis antiguos profesores Rafael Lapesa y Alonso Zamora Vicente, este último como director de la tesis. Me concedieron el premio extraordinario de fin de carrera. Desde luego no dejaba de ser un caso el mío bastante extraordinario, por lo insólito.

Y aquí termina, por ahora, ese paréntesis de casi diez años en que me dediqué a la investigación. Sobre todo porque me había dado cuenta de una cosa: de que los archivos son algo muy absorbente y, como te metas en ellos sin condiciones, no te libras ya en la vida del insensible veneno que segregan. Y yo tenía muchas ganas de volver a la literatura, que había abandonado desde la publicación de Ritmo lento en 1962.

Desde el otoño de 1970 vivo sola con mi hija Marta en la misma casa de doctor Esquerdo, que compartí diecisiete años con Rafael. Nuestra separación fue amistosa y nos seguimos viendo con mucha frecuencia. Viene aquí siempre que quiere. Yo a esta casa le tengo un gran cariño y nunca se me ha ocurrido mudarme a otra, en ningún sitio me encuentro tan a gusto como aquí. Mi hija está terminando ahora la carrera de Filología inglesa y ya hace traducciones y da clases en un colegio, donde parece que la respetan más que me respetaban a mí aquellas niñas del pasado. Mi hija es muy amiga mía, nos reímos mucho juntas y nos lo contamos todo.

Excepción hecha de un período de ocho meses en el año 73, en que tuve un empleo en la editorial Salvat, nunca he desempe¬ñado trabajos atenidos a un horario fijo, y se puede decir que he vivido exclusivamente de la pluma, como era mi deseo. He hecho ediciones críticas, traducciones, prólogos, artículos, guiones de cine, adaptaciones de clásicos, colaboraciones para la radio, y hasta he cantado canciones gallegas en un teatro. Pero siempre he evitado, aun a costa de vivir más modestamente, los empleos que pudieran esclavizarme y quitarme tiempo para dedicarme a la lectura, a la escritura y a otra de mis pasiones favoritas: el cultivo de la amistad. Los amigos son para mí la cosa más impor¬tante del mundo, la más significante y consoladora, y se requie¬ren una delicadeza y un tino especiales para no perderlos. Creo que el secreto está en no tiranizarlos ni en exigirles más de lo que buenamente quieran darte, como y cuando puedan, en res¬petar su albedrío, en ser tolerante con sus defectos, y en no pretender acapararlos, poseerlos ni ejercer sobre ellos coacción de ningún tipo. Sólo así no se pierden y reaparecen siempre como un milagro inesperado, porque únicamente se tiene de verdad aquello que no se somete a las reglas de la obligatoriedad o de la posesión, lo que nace en el seno de la libertad. Yo no le temo a la soledad, me he acostumbrado a ella y la aguanto bastante mejor que la mayoría de la gente que conozco, pero siempre estoy dispuesta a quebrarla cuando un amigo viene a perfumarla con su conversación y compañía. Hablar con la gente de la más diversa condición y edad es algo que me encanta, y escuchar tanto o más que hablar. Supone una fuente inagotable de enseñanza y renuevo. Por un rato de buena conversación, lo dejaría todo.

Desde 1974 estoy enredada en un ensayo bastante ambicioso donde trato de analizar las motivaciones de la conversación y las diferencias entre la narración oral y la narración escrita. Creo que si siempre pudiera uno comunicarse con sus semejantes de forma adecuada y en el momento adecuado, no necesitaría escribir: la escritura es como un sucedáneo para paliar esta incomuni¬cación que hoy padecemos. Pero este trabajo, que lleva el título previo de El cuento de nunca acabar, amenaza con ser dema¬siado fiel a su título porque no lo acabo nunca, abierto, como está, por naturaleza, a toda clase de interrupciones.

De octubre de 1976 a mayo de 1980 he ejercido de forma re¬gular (todas las semanas) la crítica de libros en el periódico Diario-16. Esto me ha dado una visión más amplia de la literatura contemporánea y extranjera, aportándome también nuevas ideas y enfoques que enriquecen El cuento de nunca acabar, al tiempo que lo interrumpen y demoran.

No sé qué más puedo decir de mí. Tal vez que tengo buen carácter y que no soy derrotista: hasta en los momentos más negros trato de tener presente que siempre puede renacer la espe¬ranza, mientras quede vida. Lo único terrible es la muerte.

Mi padre murió en octubre de 1978 y mi madre en diciembre de ese mismo año. Por quince días no se enteró de la concesión del Premio Nacional de Literatura a la novela mía que más le gustaba a ella, El cuarto de atrás. En la primavera del año siguiente a su muerte, 1979, asistí a un congreso de literatura española contemporánea celebrado en Yale y descubrí la ciudad más fascinante del mundo: Nueva York. Había algo de despedida de un mundo y de descubrimiento de otro en aquel viaje deslumbrador e inesperado que por una parte mitigaba la herida de la reciente pérdida de mis padres y por otra la acentuaba, cuando me daba cuenta de que ya nunca podría volver a escribirles para hacerles partícipes de mis impresiones. Nunca se cansaron de alen¬tarme en mi trabajo ni de compartir todas mis alegrías ni de esperar mis cartas, cuando estaba ausente.

Desde el hueco que me dejaron y dedicado a su memoria -que nunca me abandonará mientras tenga vida— escribo este esbozo biográfico donde he tratado de reflejar torpemente algo de la luz que a manos llenas me regalaron desde aquel mediodía luminoso y frío del 8 de diciembre en que se inclinaron a mirarme sobre la cuna. Mi madre contaba siempre que yo también los había mirado a ellos: que tenía los ojos completamente abiertos. «Como dos estrellas negras», decía.


Madrid, junio de 1980
Novelas

Entre visillos, 1957, premio Nadal.
Ritmo lento, 1963.
Retahílas, 1974.
Fragmentos de interior, 1976.
El cuarto de atrás, 1978.
Nubosidad variable, 1992.
La Reina de las Nieves, 1994.
Lo raro es vivir, 1996.
Irse de casa, 1998.
Los parentescos, 2001, póstuma e incompleta.

Relato breve

El balneario, 1954.
Las ataduras, 1960.
Cuentos completos, 1978.

Cuentos infantiles

El castillo de las tres murallas, 1981.
El pastel del diablo, 1985
Caperucita en Manhattan, 1990.

Teatro

A palo seco, 1957.
La hermana pequeña, 1959.

Poesía

A rachas, 1976.

Ensayo

El proceso de Macanaz, 1969.
Usos amorosos del dieciocho en España, 1972.
La búsqueda de interlocutor y otras búsquedas, 1973.
El cuento de nunca acabar, 1983.
Usos amorosos de la postguerra española, 1987.
Desde la ventana, 1987.
Agua pasada, 1992.
Cuadernos de todo, 2002.


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Sus poemas, aunque aparentemente resulta una pequeñísima parte dentro del conjunto de su obra, no pueden separarse de ella, puesto que abarcan un lapso de cerca de 50 años y han ido desarrollándose entrelazados con todo lo demás. Resulta difícil definir el peculiar enfoque desde donde contempla el mundo CMG, tan lúcida, sensible y llena de matices como es su escritura pero sí se pueden definir los temas recurrentes que dan sentido a su obra: el diálogo y la búsqueda de interlocutor, la acción de la memoria y el enlace con los recuerdos, el conflicto con los espacios interiores y el deseo de salir por la ventana, el descubrimiento en soledad del yo profundo, el paso del tiempo, la pugna con la escritura y la exploración del ser femenino…

Enlaces de interés:
Espéculo: revista de estúdios literarios



Contenido

1. Canción rota
2. Pídeme que esté alegre
3. Tiempo de flor
4. Por el mundo adelante
5. Desembocadura
6. Luna llena
7. Flores amarillas
8. Otro otoño
9. Días azules
10. Me pesas como un fardo
11. Rastro borrado
12. Despertar
13. Certeza
14. Velero de sueños
15. Callejón sin salida
16. Muerte necia
17. Convalecencia
18. Madrid la nuit
19. ¿Era por aquí?
20. Libros y papeles
21. Campana de cristal
22. Descarrilamiento
23. Let it be
24. ¿Quieres jugar?
25. Mi ración de alegría
26. Escondite inglés
27. Amor nómada
28. Jaculatoria
29. Donde acaba el amor
30. Tres eran tres
31. Escrito en la cara
32. Hace tanto tiempo
33. Lo juro por mis muertos
34. Farmacia de guardia
35. El cuarto de jugar


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