Panulirus interruptus. Es sabido que el pescado y el marisco es especialmente sensible a las características de su hábitat que condiciona muy especialmente su morfología, consistencia y sabor; cuanto más fría y rica el agua, más pequeño, sabroso y compacto el espécimen y viceversa. O lo que es lo mismo: cuanto más grande y hermosa la pieza, más insulsa su carne, lo que lleva a necesitar de elementos externos en su elaboración, como salsas o condimentos extras, muy al contrario que los más pequeños y menos vistosos, que resultan exquisitos con un simple chorrito de limón. Y eso es lo que me ha pasado con la Langosta (Lanthimos, 2015) que me cené anoche, que más que a la Thermidor, me resultó a la Belphegor: indigesta además de incomible. Es lo que suele pasar con algunos experimentos arriesgados de alta modernidad: que contar con voz en off lo que se está viendo es aberrante además de redundante, pues se hace: a la mierda la ortodoxia; que la historia distópica va perdiendo fuelle tras su prometedor arranque, pues se sobreactúa, pues eso, como un guiso insulso que se intenta camuflar con sobrecocción o con alambicados recursos; que hay que hacer guiños cinéfilos a la galería, pues se hacen: los protas se lanzan a practicar los juegos prohibidos, con la sutil metáfora del romance anónimo de Yepes como fondo sonoro, toma ya. En fin que, lo que en principio prometía: interesante premisa, realización más que comedida, magníficas interpretaciones o sea, lo que viene siendo un magnífico empaque, al final me resultó tan frustante como el interruptus que lleva la langosta de la baja California como apellido científico. Y no es que no me guste la nouvelle cuisine, lo que me molesta es que me tomen el pelo. Y yo así me he sentido. Lo siento. Es una simple cuestión de paladar. El mío.

EDITO: en fin que como cené tan mal pues me he quedado «canino», así que seguiré intentándolo.