
La película no me pareció memorable (Rutger Hauer pasaba por allí; los Ángeles del infierno parecían monaguillos; el padre era de manual de Reader's Digest...). Tampoco me pareció, en absoluto, una película caricaturesca ni zafia, al modo de los Torrentes patrios; ni tampoco creo que el director haya recurrido al uso de la zafiedad y grosería como un recurso discursivo brechtiano, para posibilitar el distanciamiento del espectador. Creo que lo que hace Verhoeven es llevar a la práctica con una finura exquisita el dicho que algunos achacan a Stendhal: "La novela ha de ser un espejo que se pasea por el camino." Y, efectivamente, eso es la película. Un espejo finísimo que se pasea por las calles y refleja a los jóvenes de la clase obrera y la pequeña burguesía de los años 70 tal como eran: zafios, groseros, machistas, homófobos, arribistas, estúpidos y cobardes; incapaces de asumir responsabilidades y ser coherentes en sus decisiones, que ante el primer contratiempo dan marcha atrás y vuelven al seno de la ley y el orden representadas por la religión (no en vano Rien y Maya, tras el accidente del primero, pretenden entrar al seno de la congregación religiosa liderada por el predicador ambulante; o el estricto y brutal padre de Eef, el mecánico, es un fanático religioso al que aspira a ganarle algún día, tras renunciar a marcharse del pueblo... pero a ganarle ¿a qué..? ¿ganarle en brutalidad?... ¿en fanatismo, tal vez...?)
Visto lo que hemos visto estos últimos meses tal vez, como los jóvenes de Spetters respecto a los niños de Amarcord, no hemos mejorado demasiado respecto a aquellos años. Por eso, la película nos incomoda sobremanera porque, como muy bien dice su título, sus personajes nos ponen perdidos de salpicaduras. Tal como la pequeña y anodina escena del inicio del filme, que culmina con el fotograma del enfado del apresurado viandante que recibe la salpicadura del mecánico, simboliza contundentemente.


























