Prudencio escribió:Ayer vi "
Belle" (1973), de André Delvaux.
Llevaba años buscándola pues era una de las pocas películas que me faltaban por ver de este director.
En su momento fue recibida con tibieza por la crítica e indiferencia por parte del público. Puedo entender esto último, pero no lo primero.
Es cierto que Delvaux repetía los esquemas de películas anteriores ("El hombre del cráneo rasurado", "Una noche, un tren"), pero no "en clave menor", como se dijo. Yo hablaría más bien de un intento por parte del director de depurar su propio estilo, tanteando a la vez caminos hasta entonces inexplorados (el humor, por ejemplo).
La película se divide, como es habitual en su cine, en una parte "real" y otra que puede considerarse "imaginaria" (o no).
La vida del protagonista cambia drásticamente cuando, tras atropellar una noche a un animal, se interna en el bosque en su busca y se encuentra con una bella y misteriosa joven que vive en una cabaña en ruinas y no habla. La relación que establece con ella irá desmoronando la estabilidad (un tanto ficticia) que hasta ese momento había caracterizado su vida profesional y familiar.
Puede entenderse la parte del bosque como una proyección de los deseos y frustraciones del protagonista (especialmente, los celos que le causan su esposa y también su hija, la cual está a punto de casarse). Pero esto son solo conjeturas. El cine de Delvaux se basa en la ambigüedad y la incertidumbre. Nada queda claro y nos toca a nosotros buscar una posible interpretación, si así lo deseamos, o, simplemente, dejarnos seducir por el clima de misterio creado.
Delvaux genera incertidumbre con medios puramente cinematográficos. Así, al pasar de unas escenas a otras, el montaje parece "dudar", volviendo brevemente a lo anterior, como si lo imaginario intentera inmiscuirse y suplantar a lo real. También se usan sugerentes asociaciones visuales (las gotas de café derramadas en el mantel con las gotas de sangre del animal en la carretera).
Tampoco se excluye una posible interpretación fantástica (el cadáver del joven cubierto por una piel y echado a una charca que desaparece y es sustituido por el de un perro).
Todo está sugerido, manteniéndonos siempre en el terreno de la ambigüedad.
Precisamente, cuando la película se decanta explícitamente hacia el terreno onírico, pierde, a mi juicio, buena parte de su fuerza. Me refiero al sueño del protagonista en el que pasea con su hija desnuda por una estación de tren (en un claro homenaje a la pintura surrealista de Paul Delvaux).
Pero se trata solo de un pequeño lunar dentro de la belleza del conjunto.
Este tipo de cine, cuya urdimbre, entretejida por hilos tan sutiles, parece escapársenos continuamente entre los dedos, exige la colaboración por parte del espectador (o, al menos, su complicidad). No debemos tanto buscar respuestas como recrearnos en las preguntas.
El público de la época no mostró mucho entusiasmo por la propuesta (no quiero ni imaginar qué sucedería en la actualidad). De ahí que la filmografía del director se componga de unos pocos títulos más y concluyera de forma excesivamente prematura.
Esta película me ha ratificado en el convencimiento de que Delvaux es un cineasta que merece ser rescatado del injusto olvido en el que actualmente se halla.
Un cordial saludo.
