
Por alguna extraña razón, la primera vez que la ví -hace décadas- me dejó frío. Y eso que me gustan los culebrones de Sabatini. Ayer disfruté como un niño pequeño, con esta maravillosa historia de aventuras, lealtades, duelos, venganzas, amores imposibles que al final son posibles... Y de protagonista, Olivia de Havilland, en 1935 ¡Hace solo 84 años! Hitler llevaba un par de años en el poder, la Segunda República española afrontaba su cuarto año, más del 90 por 100 de África era territorio colonial... y allí estaba la Havilland, hecha una mujer. Y aún puede contarlo...

Me entusiasman los westerns de Mann. Este se ma había escapado. Es de Henry Fonda, pero podía haber sido Jimmy Stewart: protagonista solitario e individualista, desencantado con la humanidad, receloso, roto, pero que a la hora de la verdad es un hombre noble y con principios, dispuesto a jugarse el todo por el todo cuando la batalla merece la pena. Película en blando y negro para una historia donde nada es blanco ni negro, y ni los buenos ciudadanos ni los hoscos pistoleros son lo que parecen.

Me daba un poco de miedo porque me habían dicho que era algo panfletaria. Y seguramente lo es, pero... no están los tiempos como para ir de puro por la vida. Y, además, no hay thriller político que no implique una toma de partido. Lee tiene muy claro quiénes son los buenos y quiénes los malos de esta historia. Y no me parece un disparate el epílogo que establece un nexo entre el KKK de los años setenta y las algaradas del KKK nada más ganar Donald Trump las elecciones. El Klan, desde luego, tuvo claro que habían ganado los suyos. Y Lee lo cuenta. Por cierto: David Duke, el jefe del KKK en los años setenta, uno de los personajes centrales de la película, es el mismo tipo que hace solo unas semanas mandó un mensaje de felicitación a VOX. Suena como a un epílogo español del film.


