Con la lluvia pegando en los cristales y acompañado de dos litros de té rojo mentolado bien cargado, pasé la noche viendo por tercera vez, y una vez más de un tirón, las casi 10 horas de la trilogía
La condición humana (Ningen no joken) de Kobayashi.
Como es sabido, aquí, a diferencia del tradicional concepto japonés del honor, que pasa por la ciega obediencia y el cumplimiento de un rol en la tribu, y que tantas veces se traduce en una épica “clásica”, de sacrificio por el clan (películas de samuráis) o del orden vigente (cine bélico), Kobayashi cuestiona esa jerárquica concepción nipona de la sociedad, desarrollando la crisis de conciencia de un idealista de izquierdas en medio de la espiral de fanatismo y la escabechina final de la II G. M.
Los principios de Kaji (Nakadai en el papel de su vida), que no tienen nada que ver con la lealtad a un orden establecido, sino con la fidelidad a uno mismo, con la integridad moral, rehuyendo así la impostura (uno de los grandes blancos contra los que disparó Kobayashi en su cine, bordándolo en
Seppuku, otra memorable obra maestra, también en cuanto a técnica, con un uso ejemplar de los encuadres), la injusticia y el crimen (incluyendo el terrorismo de Estado:
Ningen no joken probablemente sea la película más antimilitarista y antibelicista que se haya rodado jamás), son puestos a prueba de principio a fin.
Primero como supervisor de un campo de trabajo en Manchuria, donde se explota y se veja a los prisioneros chinos.
Después, una vez es llamado a filas, en el ejército, a la espera de entrar en combate y mientras se esfuerza por controlar su temperamento ante la serie de abusos de los que es testigo (apostaría a que Kubrick se inspiró en la segunda parte de
La condición humana para su “soldado patoso” de
La chaqueta metálica, suicidio incluido).
Más tarde en el frente, luchando por no perder la humanidad en combate (lo que incluye rehusar cualquier posibilidad de oportunismo y abuso sexual, o mejor dicho, lo que le obliga incluso a empuñar el arma contra los suyos en defensa de las mujeres que el pelotón va encontrándose en su camino, y es que toda la película es una panorámica de las miserias humanas: ¿qué es usted?, llega a reprocharle al personaje que interpreta Hideko Takamine, ¿una especie de botín por el que hay que luchar?)
También como desertor (haciendo frente a altos mandos japoneses leales al emperador y dispuestos a seguir sacrificando peones).
Y ya finalmente como prisionero del Ejército Rojo (“¡En pie, samurái fascista de mierda!”, llegarán a escupirle al oído), donde presencia las mismas tácticas alienantes, la misma negación del individuo.
La fuerza del cine de Kobayashi, para mí el más grande director japonés de la historia, radica sobre todo en los conflictos morales que actúan como ejes sobre los que pivotan sus películas. Esto se hace especialmente notorio en
Harakiri (Seppuku),
Rebelión (Jôi-uchi: Hairyô tsuma shimatsu) y, por supuesto,
La condición humana. Aquí, durante casi diez horas, los otros, los gregarios, rabiosos, le dirán una y otra vez a Kaji: ¡Hazlo! Y Kaji responderá una y otra vez: ¡No!
Y es gracias a ese pulso, un pulso moral como quizá no se había filmado antes ni haya vuelto a filmarse nunca en el cine, que se va construyendo uno de los personajes con más fuerza que yo haya visto en la pantalla. El hecho es que en
La condición humana se aborda uno de los grandes universales, nuestra relación con los otros, nuestro papel en sociedad, y se hace confrontando el imperativo moral de la tribu con los principios éticos de un personaje dispuesto a no ceder, a no claudicar jamás. De este modo la película no da tregua. No voy a ceder, cabrones, ni aunque me arranquéis la piel a tiras.
¿Pero cuál es el destino de alguien así, que acaba fuera de la manada, de un lobo estepario, en el fondo? Mientras que Kurosawa fue esencialmente épico, Kobayashi lo fue, por así decirlo, dialéctico. A la hora de definir el destino de sus personajes antepuso siempre la lógica del contexto a sus deseos personales. Lo vemos en el final de
Harakiri: ese tipo no puede salir vivo de ahí. Y no saldrá. Aunque primero se llevará por delante al máximo número posible de ratas. Y lo cierto es que ahí, en la tragedia, hay mucha más fuerza dramática. La épica es esperanza, a fin de cuentas. La tragedia es como el último acorde, la palabra definitiva, el verso final. ¿Cuál será entonces el destino de Kaji, cuya integridad es un insulto para los demás, porque es el espejo donde ven reflejadas su pleitesía, su bajeza, su miseria moral?
Pero si en
La condición humana se desarrolla uno de los tres grandes temas (el político: nuestra relación con el mundo y la prueba que supone ser nosotros mismos o dejar de serlo a nuestro paso por él), los otros (el amor y la muerte) tampoco están ausentes. No sólo eso: la media hora final de la trilogía es casi una balada sobre ellos. En realidad la película entera es una gran canción de amor (empieza ya con esa pareja de novios que no tienen ni adonde ir para amarse).
Una canción de amor que se hace más intensa en la distancia, con el recuerdo de Ella creciendo cada vez más en su memoria. Llegado un momento, Kaji aguantará por Ella, desertará por Ella y emprenderá un camino de regreso imposible por Ella. Toda la tercera parte (
La plegaria del soldado) es
La Odisea, Homero arrojado al humo ardiente del siglo XX.
En el tramo final Kaji es ya Ulises en la soledad de la nieve.
Decía Nakadai en una entrevista (incluida en la edición DVD de la obra para España) que ninguna película en la que hubiera actuado o que hubiera visto le había impactado tanto y que cada vez que recordaba el final se quedaba sin palabras. Desde luego si yo tuviera que elegir un final en la historia del cine sería éste. El pacifista ha comprendido que el mundo es un infierno, que la violencia es legítima como medio de defensa, que sólo se someten los conejos, que ya todo da igual, que lo único que le importa es volver con Ella.
Y en ese adverso, imposible, suicida camino de regreso, a pie, contra los elementos, contra una Naturaleza que supone el último desafío después de haber resistido ante los hombres, Ella le acompaña, puede escuchar su voz, su risa, como un eco del pasado, una caricia sonora llegada de otro mundo, como un rayo de sol en la nieve siberiana. De modo que aunque al final caiga desplomado, ya apenas un bulto en medio de una tormenta furiosa, ese recuerdo de la mujer amada le ayudará a abrazar la muerte. Es entonces cuando la cámara irá alejándose, retrocediendo lentamente, resaltando la soledad del héroe.
Entre el té rojo, que quita el sueño, y la sacudida emocional que me supuso una vez más ver esta gran película (una de las grandes películas de la historia del cine), ni me acosté, me fui a correr por la playa, bajo la lluvia.