
DON PANCHO
Al igual que su anterior producción, Corazones de roble, Don Pancho parte de una obra teatral, además de gran éxito en este caso, sobre la cual Ford sobreescribe sus propios intereses. Unos que, visto en retrospectiva, comienzan a florecer con intensidad en la última parte de su época silente. Es curioso cómo en este periodo Ford elude su especialización en el western, regresando a partir de El caballo de hierro (que tampoco es un western en sentido estricto) solo sobre el género en Three Bad Men. Una constante prolongada durante más de una década, hasta dominar por completo el lenguaje del sonoro, y rota por La diligencia.
Ford se interesa en historias marineras, de caballos, el policial melodramático, la comedia, las historias irlandesas, las aventuras coloniales pulp... y en especial las colisiones de géneros todavía por definir. Un cine sin marca y casi sin argumento, viñetas de la realidad melancólica que determinan muchas de sus obras maestras posteriores. Don Pancho, así, no tiene tanto valor por ella misma como por aquello que deja intuir. Su humor descansa en exceso sobre los intertítulos (delatando el origen teatral), recurre demasiado a lo fácil y la imagen resulta tosca, sin ese lirismo singular que es lo fordiano. De hecho, la futura adaptación sonora de 1930 dirigida por Henry King es netamente superior. Entre otras cosas por contar con un protagonista ideal, Will Rogers, quien poco después se integraría en el mundo fordiano con total naturalidad en un tríptico formidable sobre la América rural.
En esta versión silente el protagonista, el pícaro, holgazán y finalmente tierno Relámpago Bill Jones, es encarnado por el olvidado Jay Hunt, un director, guionista y actor pionero de Hollywood que recogía al personaje de manos de Frank Bacon, su autor e intérprete sobre el teatro. Relámpago es un veterano de la Guerra Civil que en la tradición de los grandes troleros americanos no para de inventarse dislocadas historias e intentar triunfar en los oficios más peregrinos mientras su abnegada esposa, Mamá Jones, dirige un parador en un pueblucho en el desierto a medio camino entre California y Nevada.
En la tensión entre el material heredado y el propio que Ford fabrica sobre la marcha pueden sentirse ya aspectos netamente fordianos. La dignidad de los ancianos y los pobres, la mirada por igual cómica y compasiva o la querencia por el pintoresquismo y el ruralismo. Comedia folk de inesperados acentos dramático-sentimentales, Don Pancho tiene, en efecto, algo de sus títulos con Will Rogers, pero mucho más (y más profundo) de su adaptación de “La ruta del tabaco”, de Erdskin Caldwell, a quien Ford purgó de brutalidad, e incluso de Las uvas de la ira, con un tono divergente.
Adrián Sánchez en el libro "El Universo de John Ford"
