Apareció un día de la nada, sonriendo. Sus dientes, brillando entre las líneas horizontales de un noticiero gris de la tarde, eclipsaban las máscaras sombrías de sus conductores. Corría con el cabello y la piel al viento, sobre un césped que acostumbrado a celebrar los rituales de la masculinidad, se abría amablemente a su paso como las aguas del mar muerto. No era su desnudez lo relevante, ni sus genitales, cubiertos apresuradamente por un policía con su casco al detenerlo, simbolizando de manera tan precisa como patética los peores miedos colectivos. No importaban tampoco sus razones: después de todo, él "no era nadie". Bastaba apenas con su inocencia, con la belleza de su silueta limpia recortada contra el pasto, con ese fulgor que en la marcha de sus pies descalzos iluminaba los rostros de la multitud, apagando sus prejuicios, e invitándola a soñar en silencio con la fiesta del cuerpo, con la alegría del buen vivir, con esa libertad siempre más añorada que asumida. Hace cuatro décadas, el niño que presenciaba esa escena frente a la pantalla de un televisor, empezaba a preguntarse si habría alguna posibilidad de ser hombre, desafiando la rigidez, la mediocridad y la tristeza creadas por los hombres para sí mismos. Gracias, Michael, por brindarle, seguramente sin quererlo, algunas pistas. Los años, que todo lo curan y todo lo apestan, han dado muchos exégetas. Pero una cosa es correr desnudo por un campo de juego, y otra muy distinta ser el heraldo de un tiempo que, de tan hermoso, nunca se atrevió a llegar.
