Por cierto, Chus, ¿qué se hizo de la tica, de su hija y de vuestro retoñ@? A ver si nos da para una novela. Lleva camino.
Las historias de padres e hijas me encandilan (también yo tengo una). Ellas siempre fascinantes, nosotros siempre fascinados. Desde su gracia natural como niñas, hasta su esplendor adolescente y su femineidad creciente. Verlas crecer, pasando del bolí al lápiz, de su cara limpia a sus rayas, cada vez mejor trazadas, mientras aprenden ese arte del dibujo femenino. No es que sea Manolo Escobar (ya sabes, "Con la cara lavada y recién peiná, recién peiná...) pero algo sí. Sin embargo, ese aprendizaje, como parte de su "cambio de naturaleza", me hace sentir extraño, como alguien de repente aparte, que observa anonadado esa metamorfosis en una persona que creías comprender, tener clara su "función" en el entorno familiar, y de golpe y repente algunas cosas cambian, aunque otras no (los afectos, aunque se perfilan, se estiran para repartirse, al César lo que es del César y a los nuevos lo que es de ser mujer, etc).Por no hablar de los temores, como padre, temores que nunca parecen entender las mujeres, mientras a nosotros no comprendemos la "osadía"/"inconsciencia" de ellas para con sus hijas (nos entran escalofríos). Pobres hijas atrapadas entre la ferocidad defensiva de ellos y la candidez vitalista de ellas (pendientes sólo de lo importante que es aprender a volar, lucir, antes ir "perdiendo" esa batalla).
Al fin y al cabo, hablar es solo eso: hablar. De dentro a fuera y, otra vez, de fuera a dentro, dejando posos en esos trasvases. Y para eso hay que sustanciar lo que se comunica. Por ambas partes.
Donde quizás, más se entiende esto, es aquí, con nuestras "Gracia mil" o "Gracias,...". Queriendo expresar mucho, las pobres, nos quedan vacías de contenido, algo sosas.