
Un caluroso lunes romano nos anunciaron que esa tarde podíamos escoger entre ver en el centro las nueve horas de la trilogía de los dólares de Leone, o visitar al conde Visconti en su casa, donde nos hablaría de anécdotas de su carrera. Y otra vez mis escasos conocimientos de idiomas me gastaron una mala pasada. Estaba en Italia, rodeado de estudiantes norteamericanos y si mi inglés tenía apenas un nivel aznariano --ya que en España, entonces, en el cole sólo se estudiaba francés- mi italiano era más que rudimentario. Pero, como la ignorancia es atrevida yo me lanzaba a hablarlo a mi manera. Y dije al director del curso, en mi supuesto italiano:
-Luchino Visconti? (Lo que entendió él- porque pronuncié a la española- fue “el chino" Visconti)
-No, il regista italiano, Visconti, il Conte di Vico Modrone.
Cuando, por la tarde, vi que a la puerta del Centro no nos esperaba el autocar habitual, sino un minibús monté en cólera, contra mis compañeros de curso. Estos americanos son de un inculto total, aún están en la época de David Crockett. ¡Mira, que quedarse a ver spaghetti westerns que pueden ver tranquilamente en su país, en vez de ir a una charla con Visconti! Igual, ni lo conocen. ¡Qué asco de tíos!
La casa de Visconti era lógicamente como uno de esos palazzos romanos que salían en alguna de sus películas. Recuerdo aún que se hallaba en la Via Margutta. Nos hicieron pasar a un gran salón, donde habían dispuesto unas butacas y sofás muy cómodos, junto a sillas suficientes para la docena de personas que éramos. Pronto apareció un hombre de unos 45 años, de gran estatura, acompañado de la que supuse sería su secretaria, una belleza italiana que quitaba el hipo.
En la lengua oficial del curso, el inglés, nuestro acompañante hizo las presentaciones:
“-Eriprando Visconti di Modrone, Count of Vico Modrone, nephew of the famous Luchino Visconti”. Yo me quedé de piedra, no tenía ni idea de que hubiera dos directores de cine, apellidados Visconti. “Y esté debía de ser el malo”- pensé. “Por eso casi no había venido nadie a la entrevista”.

Luego, nos habló de las siete películas que había realizado, de las que yo sólo recordaba el título de una, LA MONACA DI MONZA, que ni siquiera había visto. –“¿Estaría protagonizada por su bella secretaria?”- pensé, porque en ese momento ya me había arrepentido de no estar volviendo a ver en ese momento la trilogía mítica del Oeste.
De las dos horas, amenizadas con un té chino y unas pastas, sólo recuerdo que me llamó mucho la atención lo izquierdista que era ese aristocrático realizador. Hablaba emocionado de su encuentro romano con Dolores Ibarruri, la Pasionaria española y de sus viajes a “Barcellona”, para llevar los mensajes del partido a los trabajadores portuarios antifranquistas.
Antes de acabar y mientras yo andaba más pendiente de los encantos de su bella secretaria que de él, alguien le hizo la pregunta de rigor: -¿Cuál es su próximo proyecto”. El conde Eriprando puso cara de entrevistado que dice el típico y tópico “Me alegro que me haga esta pregunta” y comenzó a hablarnos de una película que sería la de mayor duración de su carrera y que trataría sobre lo que sucede antes y después de un secuestro de una joven de clase acomodada, que seduce a sus secuestradores y que estaba vagamente basada en un hecho real. El guión tenía un título provisional muy largo, que nos deletreó lentamente: ORCINUS ORCA.

¡O sea que Visconti el malo, de homosexual nada de nada y esa belleza principesca era su esposa! Años después, intenté ver esa película LA ORCA de la que nos había hablado, pero sin suerte alguna. Hasta hace dos años, en el que mis amistades italianas me proporcionaron dos magníficos DVDs del film que por razones comerciales, fue dividido en dos partes y para las que he creado subtítulos. Pero que conste en acta que no lo he hecho por ti, Eriprando Visconti di Modrone, Conde de Vico Modrone; lo he hecho por la princesa Francesca Patrizia Ruspoli. ¡Qué lástima no haberlo sabido antes! Me hubiera podido despedir de ella, haciendo gala de mis conocimientos poéticos juveniles: “La princesa está triste. ¿Qué tendrá la princesa?/ Los suspiros se escapan de su boca de fresa,/ que ha perdido la risa, que ha perdido el color./ La princesa está pálida en su silla de oro, /está mudo el teclado de su clave sonoro,/ y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor”. Y, sí, lo siento mucho, pero no he podido encontrar ninguna foto de ella en Internet. Lo único que sé es que la princesa ha sobrevivido al conde, por ese triste sino que la naturaleza da al macho, que primera deja de empalmarse y luego acaba palmando.