Mensaje
por McTeague » 24 Jun 2015 10:01
Yo soy consciente de que últimamente no está muy de moda alabar Metropolis, pero mi última revisión, hace cosa de un año y medio, me ha convencido de que sí es la obra maestra que durante mucho tiempo no se discutía.
Evidentemente, supongo que a todos nos parece endeble (y eso como poco) su discurso de que el corazón debe mediar entre la cabeza (de capital) y la mano (de obra). Es endeble y hasta en algunos matices insultante.
Pero, y ya lo dije hace poco respecto de los mensajes cuestionables, creo que en el hilo de De Mille, a mí no me importa tanto una conclusión dudosa si el espíritu de la pregunta es el correcto, y en Metropolis el espíritu es el correcto: su denuncia de la situación del capitalismo en su época es demoledora, por mucho que la solución que proponga para lo que denuncia no sea la buena. Metropolis es un grito TAN desgarrador y tan poderoso por la situación del mundo en los años 20 (la situación del trabajador, del capitalismo, de la alienación urbana, de la explotación del hombre por el hombre, del consumismo, de la obsesión por la tecnología) que para mí es una de las obras de arte clave del siglo pasado. Por mucho que se disfrace de ciencia ficción futurista, es uno de los documentos más impactantes sobre el momento en que se hizo, sobre los miedos, angustias y problemas de occidente, doctora clarividente de la enfermedad de su tiempo y profeta inquietante del caos por venir.
Y todo esto, toda la angustia, la fuerza, el caos, la clarividencia, vienen dadas por medios visuales, de puesta en escena, y es una de las películas más arrolladoras en ese sentido. Su aliento narrativo es imbatible, e incluso la versión más completa tras la última restauración pasa, no como un suspiro porque eso es demasiado delicado para la potencia de Metropolis, pero sí como, no sé, un tren de alta velocidad, un reactor que pasa por encima de ti y en unos segundos te deja sonado. Pero es que además en cada plano está inventando nuevas formas, yendo un paso más allá demostrando aún más imaginación, aún más capacidad de sorpresa, aún más poderío visual. Molist acierta al decir que toma mucho del romanticismo y de la tradición alemana, y es por eso también por lo que me parece una obra clave: tiende un puente incomparable entre la tradición alemana y las vanguardias europeas del momento, con el expresionismo y el futurismo a la cabeza. Muchas veces se dice que Caligari es la única película puramente expresionista, porque sus decorados quizá sean los más exageradamente expresionistas de todos (bueno, Wiene tiene también Genuine, que tela…), pero para mí Metropolis también lo es, aunque sus decorados sean más orgánicos, eso me parece un avance, no una traición del expresionismo: esa ciudad es toda ella puramente expresionista, esos ángulos, la interpretación y el maquillaje de los actores… el hombre que mueve esas manecillas gigantes de un reloj… puro expresionismo: algunos planos los firmarían Kirchner o Grosz a gusto.
Me pasa con Metropolis un poco como con La rueda, de Gance, que vi hace poco: entiendo por qué a algunos les parece excesiva y poco sutil (dejando a un lado lo cuestionable en sus mensajes, que también), pero me parece que todo eso es dejar que los árboles no te dejen ver el bosque. Cuando se pinta a una escala tan colosal el lenguaje necesariamente debe cambiar, y eso no es un defecto, sino una virtud. Se sacrifican ciertas virtudes de un arte de escala más humana para conseguir otros efectos y alcanzar otras metas, metas que Metropolis alcanza con creces: retrato más impactante, completo, exhaustivo e inmerisvo de las angustias de su tiempo, y compendio más fascinante de sus corrientes artísticas, no lo hay.
Respecto del díptico indio, no lo defenderé tan prolijamente, ni tan apasionadamente, porque aquí sí entiendo más las críticas: la historia puede tener puntos en común con folletines muy ilustres, pero sin su fuerza ni profundidad, pero es que además los actores casi completamente faltos de carisma (salvo el cuerpaso de Paget, claro) no consiguen vender esa historia ni hacer que emocione. Hasta el folletín más improbable y “pulp” emociona si los actores lo venden, pero los señores que pueblan esta película tienen la garra de un folio en blanco, y la Paget será un bombón para mirarla, pero tampoco arrastra con la fuerza de su emoción que digamos. Sin embargo, la puesta en escena de Lang y, de nuevo, su perfecto sentido de la narración (esas doscientas acciones paralelas del final, ríete de Coppola y su traca final de El padrino III) sí consiguen vender, para mí, lo que los actores no consiguen. La película es algo fría, sí, pero verla es una de las cosas más parecidas a soñar que hay: entre lo fluido de su narración y la belleza (u horror: esos leprosos) de sus imágenes parece que todo está pasando dentro de tu cabeza y que tú estás plácidamente narcotizado.