Buenas no se han hecho, gudari.
Ciñéndonos a lo que es novela picaresca (entiendo que cabría el teatro dialogado, pero deberían quedar fuera obras en cuaderna vía y otros géneros):
De la famosa
La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades yo no he visto en ninguna de las adaptaciones (o no recuerdo haber visto) a su padrastro negro torturado (recibiendo pringue) o al protagonista rompiendo esos “primeros zapatos” que le dio el mercedario y esas “otras cosillas que no digo”. Sólo por poner un par de ejemplos de lo que se veló. El caso es que por una razón u otra son blandas, “contenidas”. Para eso mejor dedicarse a adaptar novelas rosas y dejar en paz la picaresca.
La lozana andaluza de Escrivá edulcora el mundo prostibulario de esa Roma donde se habían refugiado tantos judíos escapados por piernas de la Monarquía Hispánica. Lo edulcora con fines de explotación para vender un producto “picante”. La han pasado alguna vez en el canal de Cerezo.
El Buscón, que ahora recuerde, no reproduce ni la mitad de la crudeza del libro de Quevedo (aun habiendo sido su autor un elitista reaccionario). Para hacernos a la idea: en esta novela el padre del protagonista acaba como relleno en los pasteles de carne que tanto gustaban en la época.
Del 74 es la miniserie de Fernán Gómez, donde mezclaba elementos de novelas de Cervantes, Salas y el propio Quevedo. Mejor que las tres citadas sí que es.
No se han adaptado, que yo sepa, la
Vida y hechos del Estebanillo González, hombre de buen humor, compuesta por él mismo, donde se nos da cuenta de las atrocidades de la Guerra de los Treinta Años, ni
La pícara Justina, irreverente y sardónica, protagonizada por una buscona judía que no deja títere con cabeza en sus farragosas memorias, ni otras joyas de la literatura castellana como
La niña de los embustes, Teresa de Manzanares, de Castillo Solórzano, donde la pícara medra como peluquera, actriz, alcahueta… o
El coche mendigón, envergonzante y endemoniado, de Salas Barbadillo, que narra las aventuras de Cristinica, una puta que se vale del nuevo invento de cuatro ruedas y dos caballos para sacarle mayor provecho a su oficio en la polarizada Madrid de la era imperial.
La escasa presencia de estas historias en la cinematografía española, en contraste con la larga ristra de cintas épicas y épico-religiosas, es una prueba más de lo que he señalado yo aquí alguna vez.
