Pero en este caso la introspección son monólogos. Silencios de ésos donde el personaje se queda medio minuto mirando una abejita en una flor no hay.

Hay acciones, vivencias, etc. Y en la tercera parte, monólogos interiores mientras los personajes avanzan por la llanura. O, ya al final, mientras Kaji emprende el camino de vuelta a casa. En mi opinión, aquí no sólo son pertinentes, sino que gracias a ellos se consigue que la película crezca en intensidad. Ver a ese Ulises japonés volviendo a Ítaca y hablando mentalmente con la mujer a la que ama y a la que no volverá a ver, oyendo incluso su risa ya en pleno delirio por el hambre y el cansancio, es una de las secuencias más emocionantes de la historia del cine.
Por otra parte, nuestra experiencia vital (la de todos) es mental. El mundo es una representación de nuestra conciencia. Por esto mismo, recoger en el cine los actos de los personajes de una forma digamos… objetivista (los del
cinema verité lo llevarían al extremo con sus actas notariales, a las que llamaron películas

, es broma) equivale a las narraciones en tercera persona de la literatura de vocación clasicista (que no clásica). No es suficiente para plasmar (ya sea en papel o en una pantalla) ese cúmulo de contradicciones, sensaciones, emociones… que constituyen la experiencia vital. Y en la historia del arte, está superado. Se necesita incluir eso que dio en llamarse “apertura de conciencia”.
Pero que se me lea bien la matrícula. Si tuviera que citar a dos cineastas “modernos” como referencia, éstos serían Fellini y Bergman.