
Mucho más que una película de género. Ahí están las conversaciones entre los personajes de Taylor y Brown sobre sus motivaciones, la reflexión sobre civilización y barbarie que cierra la película con la decisión final del mercenario belga o la escena donde éste, a los pies del cadáver del médico, le recuerda a su amigo de dónde viene cada pieza del fusil (el nuevo reparto de África, donde el gran negocio es la guerra, de la que todas las potencias sacan tajada).
Aparte, la película tiene un gran sentido del ritmo, un gran uso de la música (suena en casi todo momento, aunque sea en tonos bajos) y mantiene la tensión de principio a fin gracias a avivar los conflictos entre sus personajes en los momentos justos.
Personalmente me sobra la mujercita. Así como me falta el personaje de alguna africana (tratándose de mercenarios, alguna prostituta habría sido lo más coherente). Y bueno, en cuanto al nazi, como siempre se cargaron demasiado las tintas. También obedece a un estereotipo la caracterización de los rebeldes de Mulele.
Mención aparte, la violencia de la cinta. Nada que ver con el cine de aventuras de la época, o de la década precedente, donde el gran bwana doma sin despeinarse al paisanaje mientras envuelve en un abrazo protector a la rubita de turno. Aquí estamos más cerca de Peckinpah que del cine de inspiración colonial.
Bastante buena, mucho mejor de lo que esperaba.


