Antifa, te mando un mensaje privado para decirte dónde poder seguir con esta conversación (ya no participo en foros y odio dejar a nadie con la palabra en la boca), aunque sin tener que cumplir plazos razonables al responder (no tengo conexión estable y no siempre tengo conexión, estable o no). Por supuesto discrepo cuando dices que la acracia, o sea, un sistema sin poder establecido u organizado desde el Estado, desembocaría en una reedición del capitalismo. Asumir eso significaría reconocer que la naturaleza humana conduce irremisiblemente (aun en el caso de una sociedad que se desarrolle libremente, o lo que es lo mismo, sin coacciones desde arriba, sin coerción alguna) a un orden caracterizado por su división en clases, lo que supondría el primer punto a discutir (y es que bastaría echar mano de algunas panorámicas históricas que desmienten esa falsedad, falsedad repetida, cómo no, por profesores y opinólogos que cobran del Estado –funcionarios- o se benefician de grupos y clanes que operan desde el Estado –estómagos agradecidos-, centrándose en aquellos procesos y períodos históricos que convienen a su distorsionada o, según los casos, malintencionada visión). Pero es que además, precisamente el capitalismo, no se ha consolidado sino desde ese mismo Estado. No se ha impuesto, extendido y triunfado sino gracias al Estado, razón por la que incluso los anarco-capitalistas, los neoliberales, los friedmanitas, etc., defenderán siempre la existencia del Estado (aun siendo éste mínimo, aun limitándose a una policía, ejército, etc., y aun a pesar de que no haya mayor enemigo del verdadero libre comercio e intercambio que el Estado, sólo que esa clase de gente lo instrumentaliza en su favor, en favor de sus intereses de clase o partido, fomentando –desde el poder, es decir, desde los mecanismos que les brinda el Estado- la concentración del capital, que es lo que conduce a la división en clases sociales). Ya digo, no puedo extenderme ahora mismo sobre este punto. El segundo punto tiene que ver con el “error” (eufemismo) que supuso, desde las filas del socialismo, heredar el Estado en vez de “destruirlo”. Destruirlo, en este caso (en este contexto socio-histórico) significaría haberlo gestionado de un modo completamente distinto a como se hizo. Pero sustituir a la vieja clase capitalista, al “patrón”, por el Estado, o mejor dicho, por un partido que se convierte en órgano de control del Estado, no podía conducir a la superación del capitalismo, sino a una mutación (cuyos resultados fueron muchas veces peores), y además de forma totalmente lógica: es inevitable el “aburguesamiento” de quien ejerce el poder y dispone de la vida y destinos de los demás, es inevitable que cualquier estructura de poder degenere en despotismo (y esto sí que lo demuestra la Historia, y a mayor velocidad cuando menor es la libertad política). Por otra parte, es natural, es comprensible, que mucha gente prefiera aspirar a la riqueza aun a riesgo de caer o quedarse en la pobreza que verse condenada al término medio sin libertad para intentar llegar hasta donde considere que puede hacerlo, que tener que soportar que le marque el límite el burócrata de turno. La revolución no es un horizonte que se divisa con un catalejo, es un camino que se abre andando.
