Hoy mismo sale en la Cartera valenciana TURIA, el siguiente texto:
BASILIO MARTÍN PATINO
Carta póstuma
Salamanca, mayo de 1955. Paseando con alguien por la orilla del río Tormes, Basilio Martín Patino, entonces crítico y cineclubista, comentaba el desfallecimiento del cine español. Estrangulado por la censura, ajeno a cualquier posible crítica, condenado a un populismo vacuo y un servilismo con el régimen franquista, nuestro séptimo arte perecía demasiado joven, sin haber brindado todo lo que podía ofrecer. En ese paseo, se le ocurre convocar un encuentro sobre el futuro del cine, origen de las célebres Conversaciones de Salamanca. Decía su llamamiento: «El cine español sigue siendo un cine de muñecas pintadas. El problema del cine español es que no tiene problemas. No es ese testigo de nuestro tiempo que nuestro tiempo exige a toda creación humana». Y acudieron todos: Bardem, Berlanga, Fernán Gómez, Muñoz Suay… El resultado fue contraproducente: empezó la censura de verdad.
Madrid y Barcelona, en torno a 1962. Llega José María Escudero a la Dirección General de Cine con aires de apertura. «Es que no lo soporto.», exclama Basilio Martín Patino a proposito de esta figura en La décima carta (2015), brillante film-diálogo con la directora Virginia García Del Pino. «En tiempos de Escudero, las cosas cambiaron pero a peor. Ejerciendo de protector prohibió a rajatabla mi primer largometraje, Nueve Cartas a Berta (1965), curiosa su ley de apoyo a los jóvenes diferentes. La película se estrenaría con gran éxito un año después, muy a su pesar.» Según Patino, el Nuevo Cine Español que impulsó era un camelo. «El cine de aquel momento había llegado a unos límites de caricatura, desgaste, desprestigio frente al propio pueblo español, que dio la oportunidad a los alumnos de la Escuela de Cine de surgir y coger el tren en marcha. Pero todo este proceso fue artificial y nunca existió. Nosotros mismos lo inventamos. Era ridículo hacer un nuevo cine español dentro de las viejas estructuras y con la mentalidad de un público y unos políticos acostumbrados a ese viejo cine. Sólo íbamos a hacer lo mismo con una nueva soltura, un cierto cambio en la forma de utilizar los raccords.»
A partir de 1971, Martín Patino produce un cine en clandestinidad como única forma de ser libre. El proceso consiste en hacer cine en casa con un equipo muy reducido. Cada domingo acude religiosamente al rastro donde adquiere bobinas, libros, revistas, documentos, que luego podían servirle. Arranca una época del film collage, el documental ensayo que aporta otro punto de vista, un retrato político inédito de nuestro universo patrio. No es descabellado decir que Canciones para después de una guerra, en ese roce constante de la música popular con las imágenes, se adelantó al lenguaje de los videoclips. La diferencia es que no vendía canciones sino postales muy conocidas por la gente que adquirían un significado combativo gracias al montaje. Los problemas con la censura no tardarían en llegar, pero nuevamente recibió una cálida acogida por parte de los espectadores.
La aventura perseverante de Patino con el cine se traduce en una indagación continua en torno a los mecanismos de ficción que emplea todo documental, y esa parte documental inherente a toda ficción. De ahí nace su trabajo como documentirista en una serie de siete episodios para Canal Sur llamada Andalucía, un siglo de fascinación (1994-1996). Toda su vida buscó la soledad, porque es la que le hizo sentirse libre, la que le permitió elegir. Llamó Libre te quiero (2012) a su último film. Como él mismo afirmaba: «Durante la dictadura, fuimos una especie de incrustrados en una industria que nos era hostil. Ahora casi todos los cineastas están integrados, no veo los rebeldes que pudimos haber sido nosotros, quizá porque no hay razones tan obvias».
En un nivel más íntimo, Patino siempre fue un tipo inconformista y singular. En plena campaña pre-boda del entonces príncipe Felipe, el cineasta se negó rotundamente a alquilar su casa de la calle Factor, situada frente al palacio real, cuando se pagaban grandes sumas. Al final de La décima carta, enfrentado a las imágenes de la coronación, ese otro gran desfile, comenta: «Detrás de todo eso qué hay ahí. ¿Quiénes son? ¿A dónde van? Pero ya no hay gente que analice esto. Porque ahí no hay nada, es una imagen retórica. ¿Qué hay de España en esto? Una comedia total, pero la gente se adapta al espectáculo.» Y contemplando el coche en el que van montados los futuros reyes, añade: «Es un teatro bonito, pero siguen viviendo de los coches de Franco, de sus regalos nazis.»
Daniel Gascó