Reproduzco el texto de Cartelera Turia
SAM SHEPARD
Concebido en Texas
Una semana antes de morir, Sam Shepard se encontró a Philip Seymour Hoffman. «Tenía sobrepeso, mucho y estaba cansado.Ignoraba que fuese yonqui. No se mató, creo que fue una dosis mala de heroína. También traté mucho a Robin Williams, que falleció abrumado por sus cosas. Tenía parkinson. He visto morir a mucha gente. Pero me quedo con lo que afirmaba mi vieja amiga Patti Smith al final de su reseña de un libro de Murakami: 'El escritor se sienta en su mesa y nos teje una historia. No sabe hacia dónde va, ni que es mágica. Concluirla es una ilusión, en la vida nada se resuelve, nada es perfecto. Lo importante es seguir vivo, porque sólo así podemos saber qué ocurre a continuación'».
Después de muchos oficios, Shepard empezó a escribir teatro a principios de los 60, cuando apenas pasaba nada en América. «El teatro escaseaba y el arte estaba famélico». Hay una diferencia notable entre un novelista y un dramaturgo: «escribes para que todo sea pronunciado. Muchos novelistas brillantes no pueden hacerlo, porque no comprenden que se trata de palabras que se hablan, que golpean el aire». Cuando un periodista del New York Times le pregunta: «¿Qué haces cuando no escribes?», Sam contesta: «Bebo».
Como suele suceder, sus problemas con la bebida llegan sin darse cuenta. Primero como posible herencia paterna, luego como materia dramática. Sus obras de teatro, de hecho, giran en torno a familias desestructuradas mecidas por un patriarca ebrio. Con una de ellas, El niño enterrado, gana el Pulitzer en 1979. En el cine su saldo es muy positivo: Una obra extraordinaria, Días del cielo (1978), de Terrence Malick; dos películas singulares como director, Norte lejano (1988) y Lengua silenciosa (1993) y un gran amor de casi tres décadas, Jessica Lange, que conocería en el plató de Frances (1982). Su truco para alternar brillantemente trabajos como dramaturgo, guionista, músico, actor de teatro y cine era sencillo: «no lo hago todo a la vez». Una regla que únicamente rompería al protagonizar la adaptación que él mismo hace de una de sus obras, Fool for love (1985). Entonces, su director, Robert Altman dijo: «Fue un rodaje duro. Desayunaba con el actor y cenaba con el escritor».
Un año antes y, pese a la insistencia de Wim Wenders, no quiso encarnar a Travis, el héroe de Paris-Texas. Su semilla estaba en una de las historias rotas de Crónicas de motel, en la que un tipo sale de una caravana y se sumerge en el desierto. Shepard había nacido en Illinois pero insistía, como Travis, que fue concebido en Texas, donde su padre, un piloto de aviación, fue cazado por su madre. «Ahí empecé», oímos en la película. «- ¿En París, Texas? - Sí. - ¿Crees que fuiste concebido ahí? - Sí». Hombre esencialmente errante, Sam vivió una larga temporada en Londres, también en Minessota, California, y, en sus últimos años, dividía su tiempo entre su hogar en Nuevo Méjico y una granja en Kentucky, donde ha fallecido. «En realidad, no pertenezco a ninguna parte. No importa donde me encuentre, mi hogar ha estado en la carretera». Alguien que, como su personaje, surge de la nada y que parece que no va a ninguna parte... O sí, a una habitación de motel. Un desierto. Una autopista. Una nube de polvo.
Daniel Gascó